MY TLALTENANGO | |
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Gloriosa Santa Ana, Patrona de las familias cristianas, a Tí encomiendo mis hijos. Sé que los he recibido de Dios y que a Dios les pertenecen, por tanto te ruego me concedas la gracia de aceptar lo que su Divina Providencia disponga para ellos.
Bendíceles, oh Misericordiosa Santa Ana, y tómalos bajo tu protección. No te pido para ellos privilegios excepcionales; sólo quiero consagrarte sus almas y sus cuerpos, para que preserves ambos de todo mal. A Ti confío sus necesidades temporales y su salvación eterna.
Imprime a sus corazones, mi buena Santa Ana, horror al pecado; apártales del vicio; presérvales de la corrupción; conserva en su alma la fe, la rectitud y los sentimientos cristianos; y enséñales, como enseñaste a Tu Purísima Hija la Inmaculada Virgen María, a amar a Dios sobre todas las cosas.
Santa Ana, Tú que fuiste Espejo de Paciencia, concédeme la virtud de sufrir con paciencia y amor las dificultades que se me presenten en la educación de mis hijos. Para ellos y para mí, pido Tu bendición, oh Bondadosa Madre Celestial.
Que siempre te honremos, como a Jesús y María; que vivamos conforme a la voluntad de Dios; y que después de esta vida hallemos la bienaventuranza en la otra, reuniéndonos Contigo en la gloria para toda la eternidad.
Así sea
Señor, Dios de nuestros padres, Tú concediste a Santa Ana la gracia de ser la Madre de la Virgen. ¡Con qué adornos de virtud y santidad preparaste a aquella mujer que iba a ser llamada madre por la Madre de tu Hijo!. Realiza también tus maravillas en nuestras almas. Todos tenemos una misión que cumplir en la vida. Ayúdanos a responder a tus santos designios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
Santa Ana, la Virgen y el Niño. Realizado entre 1508 y 1510 y conservado en el museo del Louvre, este cuadro es otra de [Leonardo da Vinci] sus obras maestras. La Virgen María aparece sentada sobre el regazo de su madre,
Santa Ana (aunque ambas parecen tener
similar edad), e intenta amorosamente separar a Jesús del cordero, símbolo de la
pasión y el sacrificio al que está destinado. El Niño Jesús, sin embargo, se
abraza al corderillo, que vuelve su cabeza para mirarle. El paisaje de fondo,
como es habitual, ha sido elaborado con todo detalle. Una obra conmovedora por
su intensa dulzura, que no impide la insinuación de negros
presagios.